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Dejándolos solos, continué, paso tras paso, un rato más. Pero más lento aun que antes. Observando cada detalle, atenta a cada sonido. Los sentidos abiertos al máximo. Así, noté unas leves gotas en mi cabeza. Levanté la mirada una vez más. En efecto, lloviznaba. Las gotitas se convirtieron en gotas grandes y traviesas que caían cada vez más fuerte. Estiré los brazos con una sonrisa de oreja a oreja y me dejé llevar por la lluvia. Escuché un murmullo. La lluvia me susurraba. Tenía la certeza de saber identificar esa voz. Le contesté cerrando los ojos y dejando que me mojara entera. Me puse a cantar, feliz. ¡Qué bonita tormenta! Pero se tenía que ir, y fue amansando hasta que dejó de llover. Había humedecido el aire, consiguiendo una temperatura agradable. Me despedí, diciendo adiós, con el brazo, al cielo y a la brisa que pasaba.
“¡Menudo día!”, pensé, bostezando felizmente. Recordé las manzanas y me las saqué del bolsillo. Encontré otro manzano (¿o era el mismo?), y las dejé al lado de las que ya habían caído. ¿Quién sabe? A lo mejor algún aventurero las necesitaría dentro de poco. Me desperecé. Sentí un ruido sobre mi cabeza. Un suave ulular. Alcé la mirada, como tantas otras veces ese mismo día. ¡Un búho! Me sonaba mucho. Pero esta vez de algún cuento de mi infancia… “Hora de marchar, pequeña”, me dijo. Ya nada más podría sorprenderme ese día. O eso creía. Lo miré con curiosidad. Comenzó a murmurar palabras que no entendí. “¿Merlín?”, murmuré, incrédula.
No pude decir nada más.
Abrí los ojos. Estaba acostada. Me incorporé. Miré a un lado y a otro. Estaba en mi cuarto. Volví a tumbarme en la cama, confusa. Pero sentí algo en el bolsillo del pantalón de mi pijama. Metí la mano, lentamente, y saqué lo que había dentro… Restos de una manzana mordisqueada. Me levanté y me asomé a la ventana. Lucía un hermoso sol. No pude menos que sonreír.

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