sábado, 19 de junio de 2010

Jardín - 1ª parte

Dos puertas.
Debía elegir una. Escogí la de la izquierda.

Apenas atravesarla me encontré en un inmenso jardín lleno de jazmines, miles de flores de todos los colores, todo tipo de árbol, cientos de mariposas e innumerables animalitos que correteaban felices de un lado para el otro.
Mis ojos no daban crédito. Se iluminaron y agigantaron hasta límites insospechados.

Tras quedarme maravillada con la belleza que me rodeaba, decidí empezar a andar. No tenía idea de cuán grande era el jardín, pero quería recorrer cada rincón antes de irme.
Así comencé mi caminata, sin permitirme perder detalle y haciendo que mis ojos se inundasen de luz, color y hermosura.

Mucho después, cansada, me tumbé en el fresco y brillante césped a contemplar el cielo. Tan claro, tan limpio. Pajaritos lo sobrevolaban cada dos por tres, con sus llamativos gorjeos. Decoraban el suave cielo azul celeste cual adorno en árbol de navidad.
Así, tumbada, con la espalda apoyada en el suelo, se me acercó una preciosa gata negra que comenzó a restregarse contra mi pierna, suavemente. Ronroneaba y maullaba levemente, dirigiéndome algunas miradas bastante intensas. Tenía unos ojos increíbles, de color verde, llenos de vida. En ellos podía leer la bondad de su alma. Me miraba con curiosidad, como si ya nos conociéramos. Me recordaba a alguien… “No, no.”, me dije sonriendo, “No puede ser.” Se subió sobre mi barriga y comencé a rascarle tras la oreja. Noté cómo disfrutaba. Ronroneó aun más fuerte y se paseó sobre mí. “¿Eres quien creo?”, le pregunté. Su única reacción fue frotar su hocico contra mi cara y lamerme un poco la mejilla. No supe decir si eso era una respuesta o simple coincidencia.

Al rato, la aparté un momento para poder incorporarme. Me puse en pie y la cogí en brazos. La acaricié otro rato mientras le hablaba y continuaba caminando. Pero, como todo gato, se cansó del abrazo y se bajó de un salto. “¿No vienes?”, lamenté. Me miró de forma significativa con esos ojazos verdes que me tenían absorta. Entonces se fue corriendo en sentido contrario al mío. Parecía extrañamente triunfante y contenta. Me miró por última vez antes de acelerar su paso y desaparecer.

Me quedé observando la estela invisible que había dejado tras de sí. Estuve así bastante tiempo, ni siquiera sé cuánto. Sacudí la cabeza, aun no daba crédito a mis ojos. Decidí continuar mi paseo. Aun me quedaba mucho que ver.

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