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A lo lejos, me pareció ver un árbol muy grande y bonito, así que tomé esa dirección. Estaba atardeciendo. Por mi camino se cruzaban animales de todo tipo, que ni se inmutaban de mi presencia. Me llamó la atención un pequeño conejito blanco que vino hacia mí. Cuando llegó a una distancia prudencial, olisqueó un poco el aire y me miró ladeando la cabeza, con una de las orejitas bajada.
Parecía sentir curiosidad. Pero no se acercó más. De hecho, partió con mucha prisa. Me encogí de hombros y seguí hacia el árbol.
Tardé bastante en alcanzarlo. Pero cuando llegué a él, no pude evitar alargar mi mano y recorrer con ella su tronco, admirándolo profundamente. Un ruido consiguió hacerme olvidar el árbol por un momento. Instintivamente me escondí y miré sigilosamente en dirección al ruido. No podía ser verdad… Los ojos se me abrieron como platos. Allí, cerca del árbol había un precioso oso panda, de patas, pecho y orejas negros, barriga, cabeza y cara blancas. Dos manchas negras rodeaban sus ojos. Y, sobre su espalda, una pequeña ardilla marrón. Me subí al árbol y encontré un sitio bastante cómodo desde el que observarlos. Mi cara irradiaba felicidad. Estaba completamente segura de que eran los mismos que había visto tantas veces… dibujados por ella… Vi cómo la ardilla, con sus pequeños dientes, mordía una de las orejas del panda, haciendo que éste se revolviera por las cosquillas. Y se reían. E iban de un lado a otro. Jugaban. Y reían más. Era casi tan bonito mirarlos a ellos como a toda la belleza que los rodeaba.
Más tarde. Me impresionó ver cómo parecía que el panda guiaba a la ardilla, tumbándose los dos en el césped. Parecían mirar el cielo. Decidí mirar yo también. Una preciosa luna llena adornaba el crepúsculo. Algunas estrellas habían empezado a surgir, como cada tarde. Allí más temprano que en ciudad, ya que no había contaminación lumínica. Me bajé del árbol. Sabía que pronto anochecería y me sería más difícil ver dónde pisaba.
Dejándolos solos, continué, paso tras paso, un rato más.

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