sábado, 19 de junio de 2010

Jardín - 2ª parte

[...] Aun me quedaba mucho que ver.

En ese momento, mi barriga protestó. “Argh. Tengo hambre”, dije en voz alta. “¿Dónde habrá algo para comer?”. “Hay muchos árboles frutales”, contestó una voz, “Y todo lo que seas capaz de imaginar”. Me giré con un sobresalto. “La pregunta es, más bien, qué quieres comer”, continuó la misteriosa voz. Miré para todos lados hasta que descubrí una enorme sonrisa que flotaba en el aire, sin cara que la portara. Me recordaba a algo… A un libro que había leído hacía poco. ¿Qué libro era? Fuera cual fuese, no conseguía situar esa sonrisa en ningún sitio. “¿Mi imaginación?”, le pregunté. Curiosa e increíblemente, aun sin tener orejas, me oyó. “Por supuesto”, repuso ella, “Piensa en algo que te apetezca y lo encontrarás. Aquí tenemos de todo”. Y con estas palabras fue desvaneciéndose paulatinamente hasta desaparecer del todo. ¿Qué había querido decir? No lo entendía.

Proseguí mi marcha, dándole vueltas a la cabeza. Delante de mí había un manzano. La boca se me hacía agua. Así que cogí tres o cuatro y miré a diestro y siniestro, buscando un sitio donde limpiarlas. Había una especie de lago unos pasos por delante. Me acerqué. Al llegar a su orilla me di cuenta de que no era un lago, sino el mar más pequeño que había visto en mi vida. Me agaché para lavar las manzanas y, ya en cuclillas, vi algo surgir del agua, un poco más allá.

Entorné los ojos para poder enfocar en la lejanía. Se trataba de… ¿un lobo? Un lobo gris y negro, cuyo hogar parecía ser el mar. Me quedé boquiabierta. ¡Otra vez esa sensación de creer conocerlo, como con la gata! Quise acercarme, pero igual que vino se fue, sumergiéndose en las saladas aguas. Me pregunté si no me lo había imaginado… Pero había sido tan real… No, confiaba en mi vista de lince. “Sé lo que he visto”, me dije a mí misma.
Sin poder salir de mi asombro, terminé de limpiar las manzanas. Me guardé tres mientras comía la cuarta. Aun seguía mirando al punto donde había desaparecido el maravilloso lobo. El agua se había agitado, pero ya estaba en calma.

En cuanto acabé la manzana me guardé el corazón en el bolsillo para tirarlo más adelante. Saqué otra y le pegué un bocado mientras dejaba atrás ese pequeño pero asombroso mar. Iba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta que, al acabarla, se me cayeron los restos al suelo.

A lo lejos, me pareció ver un árbol muy grande y bonito, así que tomé esa dirección. Estaba atardeciendo.

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