Se dio media vuelta y vislumbró el precioso jardín que la rodeaba.
Su cara desencajada y los ojos hinchados aun de haber llorado se fueron transformando poco a poco. Una sonrisa hizo el amago de aparecer. Y así lo hizo, creciendo cada vez más. Sus ojos se secaron del todo y empezaron a brillar con mucha fuerza. No podía creerlo. ¡Al fin estaba allí!
Alzó los brazos al aire, cerró los ojos y respiró hondo. Le llegó el olor entremezclado de jazmines, rosas, margaritas... Incluso pudo sentir el suave aroma de los limones frescos del limonero que había a unos cuantos pasos más allá.
Abrió los ojos y, con los brazos en cruz, echó a correr por el césped, imaginando que volaba. Su risa se había convertido en un cántico que adornaba toda la belleza del lugar. Al rato, cansada, se dejó caer al suelo, bocarriba, mirando el cielo azul celeste. Estaba completamente despejado.
Y, con esa grandiosa sonrisa en la cara, se quedó dormida.
Cuando despertó ya era de noche. Las estrellas le dieron la bienvenida al abrir los ojos. Los frotó y se desperezó mientras se incorporaba, quedándose sentada. Por un momento había olvidado dónde estaba, así que recorrió sus alrededores con la mirada. De repente, lo recordó todo. “Así que no ha sido un sueño...”, susurró bastante alegre. Volvió la vista a las estrellas, recorriéndolas. Poco a poco. Una a una. Eran preciosas. ¡Nunca había visto tantas estrellas juntas!
Entonces, sus ojos toparon con la luna. Una brillante luna llena. Sintió cómo ella le devolvía la mirada, y hubiera jurado que también la sonrisa. Sacudió la cabeza y bajó la vista, avergonzada. Era demasiado grandiosa para ella.
Dudó un momento, pero se animó y alzó otra vez la cabeza, mirándola con firmeza. Volvió a tumbarse, usando las manos como almohada. Ya no podía apartar la vista de la luna. Sonrió. Estaban teniendo una conversación, y lo que la Luna le contaba era muy interesante.
Prometía ser una noche larga...
...y mágica.

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