En clase.
Un muchacho con mala cara. Una chica a su lado, pensativa, nerviosa.
Ella no sabía qué hacer. Sólo veía que algo no iba bien. Incluso le pareció en algun momento que él la evitaba, tanto al choque de sus miradas como al roce de sus manos. La tristeza se apoderó de la joven. Había perdido las pocas ganas de prestar atención a lo que decía el profesor. Se hizo una bola de sufrimiento interno.
Ambos estaban ahí, ausentes a todo lo que les rodeaba. Dos almas sin vida, cual zombie que camina entre dos mundos. Ella deseaba dejar el mundo real y penetrar en el onírico, sin necesidad de despertar. Él se notaba cansado, rayándose por sus propios problemas. Intentaba distraerse con otras cosas, sin conseguirlo.
Sus ojos ya no tenían esa usual jovialidad y su boca ya no luchaba por curvarse alegremente. Había olvidado cómo hacerlo. La chica intuía que, con esfuerzo, podría sacarlo de ese estado. Pero no sentía la fuerza necesaria para darlo todo esa vez. No en ese momento. Y menos aun con él rechazando su ayuda.
Fin de la clase.
Ambos se levantaron. Apenas se miraban de reojo mientas recogían sus cosas. Al salir por la puerta se detuvieron, como siempre. ¡Menudas caras llevaban! Ella titubeó. Ambos intentaban disimular, pues estaban con el resto del grupo. No pudo evitarlo, se abrazó al chico. No le quería dejar marchar. Al poco, él la apartó suavemente, diciendo que se iba y dándole un breve beso. Pero era diferente al de todos los días. Se notó frío, sin sabor, sin ternura. Él se dio media vuelta e inició su partida. Ella giró su cabeza en dirección contraria, no quería que viera la lágrima que recorría su mejilla.
