domingo, 1 de agosto de 2010

Llamada accidental


Sentada en un banco mirando la lejanía.

Calor, mucho calor. El sol me sofocaba, no dejándome respirar tranquilamente. Pero no soportaba seguir encerrada en casa. Era casi igual que si estuviera ardiendo en llamas. No sólo eso. Allí, las voces me atormentan y me hablan tan bajo y rápido que solo oigo murmullos ininteligibles.

Así que sí, estaba más a gusto fuera, donde mi mente no me jugaba malas pasadas. Porque eso es lo que decían los médicos, que las voces y sombras no eran reales. Todo era producto de mi imaginación. Al principio no les quería hacer caso, pero supongo que es mejor darles la razón que ser encerrada entre paredes acolchadas.
Una suave brisa acarició mi piel, sin conseguir reducir mi temperatura corporal. Mis pensamientos seguían fluyendo, no lo podía evitar. A persona que tiende a darle mil vueltas a la cabeza...
Una rama crujió detrás de mí. Sabía que no había nadie, porque los pasos por allí se oyen desde lejos. Igualmente me volví, cautelosa. En efecto, el sitio se encontraba tan vacío como hacía unos instantes. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Noté algo frío sobre mi hombro izquierdo, pero disimulé. Ya estaba acostumbrada.

Un grito rompió la armonía del lugar. Me giré asustada, ¡eso sí que no me lo esperaba!
Volví corriendo a casa. Al llegar vi, antes que nada, a mi tío. Mi tío, un tipo alto, serio y que no suele perder la compostura. Pues allí estaba él, nervioso, andando de un lado a otro e intentando realizar una llamada telefónica que parecía no querer ser contestada.
A su lado, la mujer que se encarga de cocinar y limpiarnos la casa, Anna, de baja estatura, muy simpática y trabajadora, lo miraba desconsolada. Sus manos le tapaban la boca y el terror se vislumbraba en sus ojos.

- ¿Qué pasa? - le pregunté. Pero no hubo respuesta.

La miré con curiosidad, dudando. Había una figura difuminada a su lado. Estaba casi segura de que sólo yo podía verla. Sentí que esa cosa, fuera lo que fuera, clavaba su mirada en mí antes de desaparecer. Me fijé también en la figura que había al otro lado de la mujer. Un hombre corpulento, al que yo no conocía, con mirada triste. Había echado un brazo por encima de los hombros de Anna y miraba a mi tío.

- ¿Hola? Sí, me llamo Arturo. Me acaban de informar de un accidente. Mi sobrina iba allí, por favor, necesito que vayan a...

No pude seguir oyendo. Me entró un mareo. ¿Sobrina? Yo soy su única sobrina... ¿De quién hablaba? ¡Yo estaba allí!

- ¡Tío Arthur!

Nada, sin respuesta. Él seguía hablando, con cara preocupada. Intentaba que su voz pareciera tranquila, pero le vibraba demasiado. Yo ya no conseguía entender lo que decía. Todo a mi alrededor empezó a dar vueltas vertiginosamente...

De repente, desperté.

Miré a mi alrededor, sin reconocer el sitio.
Estaba en una cama. Paredes blancas a mi alrededor. Una mini tele colgada del techo. Dos camas más a mi lado derecho, vacías. Más allá una puerta. Parecía un hospital. ¿Hospital? ¿Qué hacía yo allí?

- Cielo, ¿estás bien? - oí decir a mi tío. Me giré tan rápido que mi cabeza protestó con un leve mareo.
- Er, creo que sí. ¿Qué ha pasado?
- Has tenido un accidente...